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Sola, borracha, quiero llegar a casa

Sola, borracha, quiero llegar a casa

Llega la cuenta atrás para el 8M y este año se ha resaltado el lema tan gritado en las manifestaciones feministas y de apoyo a víctimas de agresiones sexuales “Sola, borracha, quiero llegar a casa”.

Me encanta. Sin duda es una de las reivindicaciones actuales más señaladas y necesarias del movimiento feminista: las agresiones sexuales y la culpabilidad de las mismas.

Esto me hace recordar muchas cosas. En primer lugar recuerdo cuando estaba en la ESO (creo que tercero) y vino una psicóloga que trabajaba con víctimas/supervivientes de agresiones sexuales a hablarnos sobre la violación. En mi memoria no tengo todo lo que nos dijo. Lo que sí quedó perfectamente es que nos comentó que mi barrio, el Actur, era donde el índice de violaciones era mayor de toda Zaragoza. También recuerdo que nos dio consejos para prevenir una violación. PARA PREVENIR.

Después de esta charla entró la paranoia en mi casa. Yo estaba en época de empezar a salir con mis amigas y cada vez que lo hacía tenía que realizar todo un ritual en el camino de vuelta a casa.

Llegar acompañada lo máximo posible. Si por lo que fuera, no salía con las amigas que vivían dos portales más abajo de mi calle, iba hablando por teléfono con mi padre o mi madre durante el camino. Cuando estaba de camino para casa, tenía que hacer una perdida. Doblaba la esquina, y ahí estaba, mi padre o mi madre asomados al balcón. Yo tenía que saludar en la distancia para que cualquier posible agresor viera que yo estaba vigilada. Empezaba a sacar las llaves. Cuando me acercaba al portal, tenía que llamar al timbre, aunque llevase las llaves en la mano, porque nos habían explicado que “pueden cogerte en el mismo portal y para que tu familia sospeche que estás tardando mucho en subir”. Y ya subía a mi casa. Y todes respirábamos tranquilamente porque había llegado a casa sana y salva.

Recuerdo esto muy nítidamente. Recuerdo que mi padre me iba a buscar a los sitios donde salía de fiesta para que no tuviera que volverme a casa sola de madrugada.

Recuerdo taxistas diciéndome “tranquila, espero a que entres en el portal” o pedírselo yo misma.

Recuerdo acelerar el paso en cuanto me separaba de mis amigas porque cada una se iba hacia su casa.

Recuerdo decir entre mis amigas “avisa cuando llegues a casa” y un whatsapp de “¿pero has llegado ya?”. O que mis amigos me lo pidieran a mí, pero yo no a ellos.

Recuerdo miedo cuando veía a alguien venir de frente por la calle. O cuando escuchabas a alguien caminado detrás. También recuerdo sentir alivio al darme cuenta de que ese alguien era una chica.

Recuerdo cruzar una esquina y encontrarme con algún grupo de chicos y que me dijeran cualquier cosa. Escalofrío. O sentir miedo sin que llegaran a decir nada.

Recuerdo ir andando por la calle y que un coche redujera la velocidad, bajase la ventanilla y un tío me dijera “¿a dónde vas tan solita?”.

Recuerdo ese “no dejes la copa nunca” y el “no bebas del vaso de otra persona”. Recuerdo estar súper pendiente de mi bebida en la discoteca e historias de amigas que han visto como les echaban algo en la copa.

Recuerdo salir de fiesta con una amiga. Irnos de la discoteca camino a casa y que dos chicos nos acompañaran haciendo la broma. Continuar de risas (manteniendo la distancia y sin acercar posiciones) y ellos querer subir a casa con nosotras. Decirles que no. Insistir. Decir que no. Intentar entrar. Decir que no. Y finalmente, por suerte, irse.

Recuerdo estar de fiesta con alguna amiga que iba borracha y que se le acercarse un chaval interesado porque iba tan ebria que lo veía un blanco fácil.

Recuerdo estar en un bar, discoteca, autobús, en la calle, y que me tocaran el culo.

Recuerdo tener diez años e ir de camino al colegio con mis amigas y ver a un hombre masturbándose mientras nos miraba.

Recuerdo, recuerdo, recuerdo.

Pero no son solo recuerdos, no son cosas del pasado. Pero no son solo recuerdos míos, sino historias colectivas de todas las mujeres. De hecho, ayer subí una historia preguntando estrategias que seguimos cuando vamos solas de noche, y situaciones de agresiones o miedo que hemos vivido, y hubo muchísimas respuestas. Respuestas repetidas y similares.

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El miedo, real o subjetivo, está ahí. El miedo se nos ha inculcado desde el mismo momento en el que nos dan una charla en el instituto sobre cómo nosotras podemos evitar una violación. En el momento en que mi familia se híper preocupa cada vez que salgo de fiesta y miedo no existe cuando los hijos son varones.

Miedo imaginario porque te lo meten en la mente desde que naces con vulva y lo sientes aunque no haya una amenaza aparente. Miedo real porque efectivamente ha habido chicos que me han seguido, me han agredido en sitios públicos o me han acosado verbalmente por la calle.

Detrás de ese whatsapp de “¿llegaste a casa?”, está un miedo implícito a que algún día no llegues. Es un miedo inculcado desde la sociedad, la cultura y la familia, porque se da por hecho que en cualquier momento puedes ser una víctima más. Porque eres mujer. Ellos también tienen miedo, y pueden tenerlo a que les roben, a que les agredan, a que les peguen, pero nunca van a tener miedo a que una mujer les siga y les viole, o les agreda sexualmente. Es otro tipo de miedo, es un miedo añadido por ser mujer.

Esta violencia, ese no llegar, no va a ser responsabilidad de tu comportamiento, sino del comportamiento del agresor. El problema no está en que las mujeres vayamos solas por la calle de noche, que llevemos falda corta o escote, que vengamos de fiesta o de la biblioteca, que estemos borrachas o sobrias. El problema está en que el agresor se cree con la libertad de poder ejercer violencia sobre una mujer.

No es cuestión de dejar atrás todas esas estrategias de autocuidado y de protección entre hermanas. No es cuestión de “yo voy sola, no pasa nada, tiro pa’lante porque no debería de tener miedo porque es una mierda tener miedo y no es justo y soy una mujer valiente y blablablá” (yo he pasado por eso). Es cuestión de que se entienda, desde la sociedad y desde la masculinidad, que el acoso callejero no es una broma, y que la violencia sexual, es eso, violencia.

Borrachas y sobrias. Solas y acompañadas. Con un traje de buzo o desnudas. Tenemos que llegar a casa.

No es cuestión de ser valientes. Es cuestión de ser libres.

Unbelievable – Creedme

Unbelievable – Creedme

Siempre he sido muy de series, antes veía de todo pero ahora soy más selectiva. Lo mejor del momento actual es que hay un boom de series muy potentes que venden otros modelos, que rompen estereotipos, que muestran personajes diversos, que ponen en el centro a mujeres. Series hechas por mujeres, dirigidas por mujeres, escritas por mujeres y que retratan mujeres complejas y variadas, más allá de los estereotipos y roles tradicionales, más allá de la imagen que siempre se ha vendido de la feminidad.

Series como Big Little Lies, Euphoria, El Cuento de la Criada, Sex Education, Insecure, Las Chicas del Cable, y por supuesto la nueva revolución y mini serie de Netflix: UNBELIEVABLE, la cual no te puedes perder.

Durante los 8 capítulos se comparan varios casos de violencia sexual hacia mujeres. Por un lado, tenemos la historia de la protagonista, Marie (Kaitlyn Dever), una chica adolescente bajo la tutela del sistema institucional de menores que denuncia una violación. Por otro lado, entran en escena dos inspectoras de policía, Karen Duvall (Merritt Wever) y Grace Rasmussen (Toni Collette), las cuales solapan sus investigaciones sobre violencia sexual al darse cuenta de que persiguen al mismo agresor.

La trama gira en torno a como Marie vive el proceso de la denuncia, como se investiga y se gestiona desde la policía, como lo enfrenta la sociedad y sus personas de referencia y apoyo, pero, sobre todo, pone atención a la gestión emocional. Mediante la comparación de su caso con los que llevan Karen y Grace, el espectador es capaz de ver dos formas muy distintas de atención a la víctima por parte de los profesionales.

La angustia de Marie se traslada al espectador a través de la pantalla. Mediante su dolor y confusión, la serie denuncia las re-victimizaciones a las que se ven expuestas las víctimas. La reflexión va más allá de focalizar la atención en la violación en sí y en las imágenes morbosas y brutales a las que estamos bastante acostumbradxs a ver.

La joven se ve obligada a relatar el evento traumático una y otra y otra vez: a su última madre de acogida, al primer policía, a los profesionales del centro donde vive, al segundo policía, al jefe de policía, a la médico, a la segunda madre de acogida, a los compañeros... Una y otra y otra vez. Se le exige que lo relate por protocolo, por rellenar el expediente, por curiosidad, por morbo. Sin ningún tipo de atención emocional durante este proceso.

Las investigaciones entorno al sufrimiento de eventos traumáticos y sobre el Trastorno por Estrés Post Traumático (TEPT) han demostrado que las víctimas suelen sufrir una re-experimentación de la situación traumática cada vez que cuentan dicho evento. Estos flashbacks pueden ser tan potentes, que la persona no es capaz de identificarlos como un pensamiento o como un recuerdo, sino que realmente lo vuelve a vivir y a sentir en el cuerpo, como si estuvieran allí mismo de nuevo. Por esto es importante evitar que la persona tenga que contarlo innecesariamente y revivir el trauma.

A Marie se le cuestiona por ser joven, por ser mujer, por ser “problemática”, por estar en el sistema público de acogida al menor, por denunciar una violación. Los demás desconfían tanto que ella empieza a dudar de sí misma, de si lo ha soñado, de si no fue real. Los policías, el sistema y la sociedad le dan la espalda y ella se encuentra, una vez más, desamparada, sin apoyo, sin protección. Vulnerada.

La protagonista cae en contradicciones en la construcción del relato, lo cual puede ser explicado por las estrategias mentales de auto-protección que entran en juego en una situación traumática. La víctima puede bloquear determinada información, permanecer en estado de shock o disociación como estrategias de supervivencia, las cuales afectan a la memoria y al relato en sí mismo. En la serie se hace patente como estos profesionales no están formados o sensibilizados con estas características.

Por otro lado, también se cuestiona la reacción de Marie. Algunas consideran que no es "la reacción esperada" de una niña violada según sus propios estereotipos y en base a eso invalidan totalmente su proceso. Sin embargo, no hay una sola posible reacción ante un evento traumático, de hecho puede haber varias: defensa, huida y paralización. Las tres son igual de válidas. Estas son activadas por el cerebro reptiliano, parte focalizada en la supervivencia. El problema es que socialmente solo se validan las dos primeras reacciones. Cuando una víctima se queda paralizada, en estado de shock, no se defiende o no intenta huir se cuestiona la veracidad del evento.

De forma paralela, frente a la angustia que nos genera la historia de Marie, la serie aporta algo de luz y de alivio cuando vemos la empatía, la profesionalidad, la atención emocional, la sororidad y la formación en género que muestran las inspectoras Karen y Grace durante sus investigaciones.

Por ejemplo, Karen ofrece un espacio lo más seguro posible para que la víctima explique lo sucedido, no la cuestiona, le dice que no tiene que dar explicaciones sobre su reacción, no la fuerza a llamar a familiares o amigos, la acompaña al médico y le explica en que va a consistir el examen médico. Se queda en manos de una médico y una psicóloga especializadas. Se le explican todos los pasos y le piden permiso para tocarla, para tocar partes de su cuerpo que hacía unas horas habían sido violentadas e invadidas.

Estas dos policías, tanto Karen como Grace, que son dos profesionales con todas las letras y en mayúsculas; acompañan a las víctimas, velan porque no sean re-victimizadas, se preocupan por ellas, atienden a sus necesidades, no las cuestionan… Pero su profesionalidad va más allá -sin hacer spoilers-, ellas se involucran en los casos, buscan conexiones, denuncian las diferentes violencias de las cuales son víctimas las mujeres, visibilizan las negligencias del propio sistema policial y de sus compañeros, no se rinden, no se dejan influir por prejuicios y estereotipos.

Demuestran también un trabajo conjunto basado en la sororidad, en el apoyo entre mujeres, en el respeto de las ideas de las demás. Una forma de trabajo feminista, en definitiva.

¿Por qué recomiendo esta serie? Es una serie dura, complicada y donde se expone la vulnerabilidad y el dolor que sufren muchas mujeres, pero necesaria. Esta serie, que retrata una historia basada en hechos reales, pone sobre la mesa que los procesos por los que pasan las víctimas pueden ser diferentes. Cada mujer puede reaccionar de una forma distinta y si esa forma de actuar no encaja con lo que tú crees que debería de ser, desde tus propias creencias, no la invalida, ni lo convierte en una mentira y ni hace su historia menos real.

La serie promueve la empatía y remueve al espectador como individuo activo dentro de la sociedad y de la cultura de la violación. Apela a nuestro papel individual dentro del juicio social que se ejerce hacia una víctima de violación, desde las redes sociales y medios de comunicación, así como desde los entornos cercanos y de apoyo social de las víctimas.

Además denuncia la poca formación y sensibilidad que a veces posee el cuerpo de policía o de medicina en cuanto a los casos de violación. No solo muestra las actuaciones negligentes, sino que retrata una buena actuación para crear un referente de prácticas profesionales. Asimismo, reclama que todos los profesionales implicados en un caso de violación deben poseer una formación específica desde la perspectiva de género, para no caer en los prejuicios y estereotipos de la sociedad.

Por último, se manda un mensaje de resilencia, sororidad y superviviencia. A pesar de retratar el dolor de las diferentes mujeres que han sufrido una violación, también muestra como se apoyan entre ellas, como generan recursos de superación y como afrontan una nueva vida después del suceso. No se quedan en mostrarnos víctimas, sino que nos retratan supervivientes de la violencia sexual machista.

Para mí, la imagen más potentes de toda la serie, es la escena final. Pero no voy a decir nada más sobre eso, tendrás que verla para disfrutarla y saber a que me refiero.

Nosotras sí somos manada

Nosotras sí somos manada

LA MANADA. ¿Qué es la manada? «La Manada» es un grupo así autodenominado formado por cinco hombres que han estado en la esfera pública durante estos últimos tres años.

Cinco hombres conocidos por el caso de la violación en San Fermín de 2016. Más allá de eso, hemos conocido conversaciones de whatsapp con una clara misoginia, dónde hablaban de usar burundanga para abusar de chicas, violaciones y agresiones sexuales como parte fundamental para una buena fiesta y relaciones sexuales basadas en el sometimiento de mujeres. También se han permitido el lujo de dar las gracias a Forocoches por difundir datos sobre la víctima de la múltiple violación de Pamplona, ponerle un detective a esta chica para demostrar que era una denuncia falsa porque «llevaba una vida normal», manosear a una mujer inconsciente en las fiestas de Pozoblanco (Córdoba), o seguir delinquiendo durante su libertad vigilada hasta sentencia firme.

Sin duda alguna, ha sido un caso que ha mantenido en expectación a todo el país y fuera de este. A aquellxs que consideraban que había sido una relación consentida (porque claro, que te dejen tirada en un portal después de tener relaciones sexuales y te roben el móvil y te penetren por todos lados cinco tíos a la vez y te graben, son signos de una relación suuuuuper consentida). Y a aquellas (y aquellxs, aunque sobre todo aquellas) que nos hemos sentido identificadas con ella, que hemos empatizado, que hemos entendido que no había ningún signo de «jolgorio» en la víctima, que cuando no hay un SÍ expreso significa NO, y que sí había fuerza, violencia e intimidación. Que era una violación y no un abuso sexual, que deberían de ser condenados por eso y tener una condena consecuente a los hechos, no como se hizo patente en la primera sentencia.

Después de casi tres años de los sucesos, tenemos la sentencia definitiva. Y aunque siga sabiendo a poco, se han conseguido dos cosas muy importantes y lo hemos recibido como una pequeña victoria.

Por un lado, declarar abiertamente que violar no sale gratis. Una sentencia que no hubiera recogido que había sido una violación en un caso tan mediático, habría dejado desamparada no solo a la víctima en cuestión, sino también a cualquier otra víctima de cualquier otro caso de violación. Y por supuesto, habría fomentado la sensación de que no sirve para nada denunciar en las víctimas, y la de impunidad en los agresores aunque violes y te denuncien. Ya salió una noticia sobre un caso donde los agresores le dijeron a la víctima algo así como que si los de la manda estaban en la calle, tampoco les iba a pasar nada a ellos. Por supuesto que eran culpables, y por supuesto que había que mandar un mensaje. A todas las personas que la cuestionaron por estar sola, por iniciar ella la conversación o incluso algún tipo de interés sexual, por su ropa, por beber o fumar, por intentar llevar una vida normal después, por no haber dicho que NO explícitamente. Había que dejar claro que todos esos hechos no los eximen de la agresión ni justifica la violación que cometieron.

Por otro lado, dejar claro que unidas somos más fuertes y que existe la sororidad. El movimiento feminista, cada vez más potente desde hace unos años, ha mostrado un apoyo continuo hacia ella. Hemos estado en las calles, día tras día. Hemos gritado «No es abuso, es violación», «Sólo sí es sí», «Tranquila hermana aquí está tu mandada», «Sola, borracha, quiero llegar a casa», «Con ropa o sin ropa mi cuerpo no se toca» y otras muchas consignas diciendo claramente que no nos vamos a callar, que una violación ya es suficiente como para que después se nos cuestione públicamente, no se nos crea y se nos revictimice una y otra vez. Hemos demostrado, que aunque la lucha se haya llevado a cabo en los tribunales, también ha sido en las calles.

Gracias a ella, a su abogado, a su entorno y a todxs lxs que han estado ahí con ella, por no rendirse. Gracias por demostrarnos a todas que sirve denunciar y luchar. Gracias por dar las gracias.

«Gracias de nuevo a aquellas primeras asociaciones y personas por llevar esto a la calle, formando un eco por todos los rincones de España. Gracias por no haberme dejado sola.

Os estaré eternamente agradecida, pero yo no soy ninguna heroína, la fuerza para continuar, muchas veces, me la ha dado todo el calor y el apoyo que he sentido en este camino.

No podemos olvidarnos que la lucha debe seguir y debemos ser el cambio que queremos en la sociedad, ya que esto le ha supuesto la vida a muchas compañeras. Recordad, contadlo, no les dejéis ganar a ellos».

Captura de pantalla 2019-06-30 a las 12.10.08

NOSOTRAS SÍ SOMOS MANADA, HERMANAS