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La (im)perfecta confinada

La (im)perfecta confinada

Día 56 de mi cuarentena.

Desde que empezó el encierro he llevado un diario, día a día. A veces he escrito dos líneas, a veces dos páginas. He pasado por una montaña rusa de emociones, a veces en cuestión de días o semanas, a veces en cuestión de horas.

En cuanto empezó todo esto, me puse un alista de libros por leer, de entradas que quería escribir en el blog desde hace tiempo, de cursos online que podía avanzar, de series y películas para ver, de manualidades para hacer, de platos para cocinar… Y ahora que está empezando la desecalada, que llevo casi dos meses yo-conmigo-conme reviso esa lista, y digamos que no hay casi nada tachado.

Lo único que he cumplido es la lista de cocinar, sí he hecho pan y bizcochos, y granola, y pollo al horno, y toritas en el desayuno, y pizza. Es algo que me encanta y me relaja, tanto preparar y cocinar, como comer, no lo vamos a negar. Pero todo lo demás, ha sido un fracaso absoluto. Los primeros días me invadió esa sensación de super productividad que veíamos en las redes sociales, y venga gente haciendo deporte, y venga directos de Instagram, y venga artículos nuevos, y venga cursos..

No he hecho deporte ni la mitad de los días, he rechazado conectar a algunas vídeo macro-llamadas porque no estaba en el mood, me he pegado días enteros metida en la cama, sin quitarme el pijama, acunando mi tristeza y me menstruación (la verdad que menstruar en cuarentena ha sido maravilloso).

He creado una lista de canciones tristes, y la he escuchado en bucle. He comido con ansiedad y me han jodido todos esos memes y mensajes en los que parece que lo peor que te puede pasar en esta cuarentena es engordar. He perdido trabajos, talleres, por esto.

Me he pasado horas bailando sola en casa, reencontrándome con mi cuerpo, me he dejado de depilar y no me he puesto sujetar, y me he sentido libro en mis 30 metros cuadrados de casa. Me he dado cuenta de que tenía unos balcones maravillosos que me han dado la vida.

He ido a trabajar y me he vuelto a casa con el nudo en el estómago por no poder recoger(nos) con un abrazo al final de cada dura sesión de terapia. Me he visto superada a tener que acompañar a persona que me expresaban lo mismo que estaba sintiendo yo. Y sin embargo, otras veces he sentido la satisfacción de ver que estabas pudiendo ayudar de alguna forma y sentirme competente de nuevo.

He necesitado abrazos, porque 56 días sin un solo momento de contacto físico, es complicado. He maldecido la decisión de vivir sola, y otras veces me he dado cuenta de lo bien que estoy yo sola conmigo y teniendo un espacio para mí, una habitación propia.

Ha salido el soy y he recargado pilas, y he hecho mil cosas esos días, y me he sentido en paz. Satisfecha conmigo misma, con lo que hago, con mi trabajo, con lo que soy, con el proceso que estoy llevando en los últimos meses. Me he maquillado y arreglado, me he visto guapísima, me he hecho fotos. He conocido a mis vecinos.

He tenido momentos de euforia máxima. He pensado en hacer mil planes cuando salgamos de estas, me he reido hasta llorar de la risa con amigas por video llamada. He empezado a plantear nuevas actividades, he visto miles de vídeos para aprender cosas nuevas, he avanzado los cursos, he leído libros que estaban en la lista de "to read"...

Ha llovido y he pensado en todas esas personas que no tienen la suerte que tengo yo. Que viven con sus maltratadores, que tienen que seguir trabajando en condiciones precarias y exponiéndose, que tienen que doblar o triplicar turnos en un hospital, que han perdido a familiares, que se han quedado sin trabajo… porque lo romántico de la cuarentena tiene que ver con la clase.

Me he cagado en todos los mensajes de “tienes que hacer…” para sobrevivir estos días. De todxs lxs coachs que han salido estos días debajo de las piedras, de esa sensación de que la cuarentena es una oportunidad maravillosa, que si quieres puedes, que todo es actitud. Haz. Produce. Lee. Ejercita. Crece. Mejora. He mandado mensajes de este tipo.

Ha empezado la desescalada y no me he lanzado a la calle. Estaba a gusto en mi casa, sin afrontar lo que pueda pasar ahora, la nueva realidad, las conversaciones que estaban pendientes, las decisiones que estaba paralizadas.

He apredido a lidiar con esta montaña rusa. He escuchado mi cuerpo y me he permitido lo que quería hacer en cada momento, sin juzgarme, sin obligarme a nada, sin reprocharme todo lo que su supondría que tendría que estar haciendo. Centrándome en el ahora. En el día a día. He sido lo que se suponía que es la perfecta confinada, y a veces, todo lo contrario, la imperfecta.

Día 56: he sobrevivido, por el momento.

Tiempos de crisis y psicología de voluntariado

Tiempos de crisis y psicología de voluntariado

No cabe ni que decir que estamos viviendo una situación de crisis. Nueva, anómala, desconocida e incierta. Todes lo estamos viviendo en nuestras propias carnes y estamos sintiendo, en mayor o menor medida, un impacto en nuestro bienestar. Lejos de nuestros seres queridos, el miedo y la desesperanza, la incertidumbre y el estrés, los nervios y la (des)información, los pensamientos catastróficos y los sentimientos agobiantes se apoderan de nosotres.

Les enfermos infectados por coronavirus, las personas confinadas en casa con problemas de salud mental, las criaturas, las personas sin hogar o en situaciones altamente vulnerables, las mujeres y menores víctimas de violencia doméstica y de género, les trabajadores de limpieza, servicios de cuidados y servicios de alimentación, les que están cubriendo servicios mínimos, les profesionales del sistema sanitario, muestran en el día a día el desgaste emocional llevado al máximo exponente.

En momentos así, entra en juego la salud mental y el bienestar psicológico. Se hace patente lo importante que es tener un acompañamiento emocional, en muchos casos, incluso a nivel profesional. Queda al descubierto la necesidad de que la sanidad vaya más allá del amparo a un nivel físico y cubra una atención psicológica. Se observan e intuyen trastornos de ansiedad, pánico, depresión, adaptativos, de estrés post-traumático, en un simple vistazo. Y es en este marco, cuando se hace un llamamiento generalizado a los profesionales de la psicología.

Se crean listas de atención telefónica en distintos ámbitos. Nos apuntamos, de cabeza, por esa sensación de “juntxs vamos a salir de esto” y de “voy a intentar ayudar y apoyar desde casa, ese esfuerzo que muches están haciendo en el terreno”. Se hace una llamada al cuidado, y te sale, a mí por lo menos, tu cuidadora inconsciente, como mujer, como psicóloga y como trabajadora del medio social.

Listas y listas a las que nos anexamos profesionales que ya estamos gestionando nuestro trabajo de por sí. Por ejemplo, yo sigo atendiendo por teléfono a lxs usuarixs de mi puesto de trabajo, atendiendo problemas de ansiedad, reexperimentaciones traumáticas, situaciones de estrés..., y cubriendo los servicios de emergencia de la entidad. Pero aun así, me apunto. Aunque yo tenga que gestionar mi trabajo, mis propias emociones, el estar lejos de lxs míxs, mi propio encierro y el de mis personas queridas, la cancelación de actividades que no sé si volveré a recuperar… Aunque tenga que gestionar mis mil movidas y mi propio proceso, me apunto. Pero todo parecía okay.

Hasta ayer, que me llegó un llamamiento para psicólogxs, en el que se pide que acudamos de manera voluntaria a la UCI a apoyar a pacientes con diagnóstico de COVID-19 y al profesional que está trabajando allí sin descanso, y por tanto, superado, saturado y quemado. El mismo llamamiento que ha hecho uno a uno todos los COPs (Colegio Oficial de Psicología) de las diferentes regiones de España.

Todo guay, todo bien, todo bueno rollo. Genial. Todo sea por la empatía, la cooperación y el arrimar el hombro.

Pero de repente, me subió un calor desde las entrañas, y solté en pleno grupo familiar repleto de doctores ¿por qué coño tenemos que ser siempre les psicólogxs los más p*** pringadxs? ¿por qué tenemos que ser siempre lxs profesionales menos valoradxs en el día a día, pero los que parecemos indispensables cuando todo el mundo está saturado en tiempo de crisis? ¿por qué tenemos que ser los primeros a los que se recurre para trabajar gratis? Sí, gratis. No nos engañemos con eso de la buena fe y el voluntariado, porque hay que llamarlo por su nombre. Trabajo gratis.

No veo movimientos, pots o stories de Instagram en los que se pida al profesional sanitario que vaya a trabajar gratis a los hospitales. Los órganos públicos de sanidad se están movilizando para reclutar a gente, para mover las bolsas de salud, para llamar a recién graduados, incluso plateándose reincorporar a los que se acaban de jubilar. Pero no veo que lo estén pidiendo gratis. No.

Recuerdo que los psicólogos también somos profesional sanitario, también estamos y deberíamos de estar en mayor medida en los centro médicos, en los hospitales, en urgencias y en cuidados intensivos. Esto debería hacer que nos replanteáramos el valor que le damos a la salud mental, y por ende a sus profesionales.

Trabajar como psicóloga de emergencias y catástrofes no es presentarte allí, ayudar, dar dos palmaditas, escuchar y aliviar las cosas. No. Conlleva un desgaste emocional para el propio profesional, un esfuerzo, una formación, un poner el cuerpo. Si no estamos pidiendo a lxs médicos, lxs enfermerxs, lxs auxiliares…, que están poniendo el alma en esta situación, que trabajen gratis ¿por qué tendrían que hacerlo lxs psicólogxs? Es decir, para ayudar a otrxs, estamos pidiendo que llegue una tercera persona que, gratuitamente, les acompañe en este proceso, y se cargue con todo, así, sin más, por simple altruismo.

Tampoco me parece justo que se recurra a los profesionales de la psicología cuando hay una crisis, pero no se aumenten las plazas de PIR o plazas de atención en crisis y emergencias. Me parece maravilloso que se creen servicios de atención gratuita, lo cual permita ofrecer cuidados a las personas que no se lo puedan permitir, pero no comparto que los profesionales no cobren ni un duro. O que usen estos servicios personas que sí se pueden permitir pagar un psicólogx.

Proponer atención psicológica a base de voluntariado es un arma de doble filo. Por un lado, hace patente lo poco valorada que está la profesionalidad de esta tarea, "porque total, que lo haga un voluntario". Y por otro lado, abre la puerta a prácticas poco profesionales, quiero decir, no todxs lxs psicólogxs estamos preparados para atender en crisis, y por tanto, inscribirte a una lista de voluntarixs no te da las herramientas para hacerlo. La especialidad en asistencia en crisis, catástrofes y emergencias existe por algo: para garantizar que las personas atendidas puedan recibir un servicio de calidad, y que las personas que atienden se sientan con la soltura para hacerlo cómodamente. No se debería de tirar de una lista de voluntarixs.

Lxs psicólogxs sabemos mucho de esto, del uso del voluntariado en nuestros puestos de trabajo. ¿Por qué? Porque nuestro trabajo no se valora; porque es un trabajo que se puede hacer en la mesa de un bar; porque para ir al psicólogo ya le cuento los problemas a mi amiga; porque como eres activista, lo podrías hacer gratis ¿no?; porque te pregunto por las redes sociales (o en blablacar) y te cuento mi vida y quiero una solución rápida y en el momento. Porque como te mueves en el ámbito social, mejor nos sustentamos en voluntarixs en vez de buscar a un profesional, que sale más rentable.

Sí, lxs psicólogxs sabemos de todas las barreras sociales que hay para valorar la profesión, y esta mentalidad está cambiando, pero lo que no me parece ni medio aceptable es que desde los propios compañerxs sanitarios o desde el mismo COP no se valore la propia profesión y se pida que trabajamos gratis o que el trabajo de acompañamiento psicológico se haga a base de voluntariado.

Hay que arrimar el hombro, sí. Hay que colaborar, ayudar y cooperar, sí. Pero si algo está resaltando esta crisis es la importancia de los cuidados. Del sistema sanitario. De la interdependencia del ser humano y de la necesidad que tenemos les unes de les otres. Y yendo más allá, la importancia de cuidar los cuidados y a las personas que cuidan.

Dentro del autocuidado, y el cuidado a las personas que cuidan, también entra el exigir profesionalidad y remunerarla como tal.