Perú

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ARTÍCULO ESCRITO EN "COMPROMISO Y CULTURA" febrero 2018 Compromiso_y_cultura

¿Quién era antes?     

Nunca había pensado que elegí mi carrera como algo vocacional. Simplemente fue algo que me surgió, llegó el día de elegir y decidí escoger. Pero cada vez estoy más convencida de que fue 100% vocacional y de que hice la mejor elección. Me llamo Luna Salamero, tengo 24 años y he estudiado Psicología en el Campus de Teruel de la Universidad de Zaragoza. Después hice un máster en Psicología de la Intervención Comunitaria y Social en la Universidad de Sevilla y poco a poco fui especializándome en el género, a través de experiencias laborales, personales y formativas con mujeres en situación de prostitución, prevención de relaciones tóxicas en adolescentes o atención a víctimas de violencia de género, entre otras cosas. Pero me faltaba una experiencia de cooperación internacional en el extranjero con alguna ONG. Y así fue como me puse en contacto con COPRODELI, una ONG fundada hace 35 años en Perú, que cuenta con financiación que llega de España, Estados Unidos y Perú, aunque su campo de actuación es exclusivamente el país peruano. Se dedica especialmente a la educación, pero su enfoque es multidimensional y comunitario, por lo que su objetivo es identificar las necesidades de las zonas e intentar satisfacerlas a través de la colaboración ciudadana.

Tras varios e-mails cruzados y después de que nos conociéramos mutuamente, llegó el momento de cumplir el sueño de enfocar mi vida personal y profesional hacia una experiencia de cooperación internacional. El 11 de agosto de 2017 puse rumbo a Perú, a Callao. En aquel momento aún no sabía ni era consciente de cuánto me iba a cambiar la vida esta experiencia…

Comienza la aventura

Un viaje en avión de doce horas por los nueve mil kilómetros que separan Lima de España. Montañas, bosque, océano y tierras bajo el avión, hasta que solo ves un mar de nubes, la panza de burro que le llaman allí, esa manta de agua que cubre siempre la capital del Perú y que nunca llega a caer. Al cruzarla, después de más de diez minutos atrapados en la niebla por fin aparece, de repente, la ciudad de Lima. Luces, el mar, un puerto, edificios, coches diminutos,... lo típico que ves cuando viajas en avión y estás a punto de aterrizar. Una vez que el avión desciende y te aproximas al suelo te das cuenta de que la realidad es distinta a todos los aterrizajes que has vivido (la gran mayoría en Europa). Se ven calles sin asfaltar, nada de edificios altos, sino casas pequeñas, desestructuradas, techos de latón y paredes de madera. El aeropuerto está en Callao. La imagen real de esta región se hace patente cuando nada más salir del aeropuerto se ven los coches, la gente, la vida real.

Callao es una ciudad que está justo al lado de Lima, sin un límite real, ya que están totalmente pegadas. Es una de las zonas más pobres del Perú, aunque no destaca tanto por su pobreza (ya que las zonas rurales suelen estar menos favorecidas económicamente), sino por la violencia y la delincuencia. Las dos zonas más vulnerables dentro del Callao son Zona Sur, más conocida como Los Barracones, y Ex-Fundo San Agustín (Tiwinza, Sarita Colonia, Carrión), donde está uno de los centros penitenciarios más peligrosos del país, el Penal de Sarita Colonia. El crimen organizado, el tráfico de drogas, los sicarios, las bandas callejeras de todo el Perú, todo, se organiza desde allí.

El día que llegué hacía una semana que habían asesinado a un niño de trece años, con ocho balazos, por un ajuste de cuentas entre bandas de narcos. Al día siguiente de llegar yo, un menor de catorce años fue asesinado con su propia pistola por un taxista al que el chico había intentado atracar a mano armada.

Las indicaciones que te dan al llegar son claras: no lleves bolso, no saques el móvil en la calle, no te pongas collares, pendientes o relojes, evita las zapatillas de marca, tienes que salir de los centro a las seis de la tarde y más tarde de las seis y media no salgas de casa; si vas por determinadas zonas ve siempre con alguien del barrio, ponte siempre el chaleco de la organización (que sin ser antibalas era la protección fundamental y lo que me ha salvado la vida en más de una ocasión); no contestes si algún hombre te hace un comentario desagradable,... y otro tipo de recomendaciones por el estilo. La sensación de seguridad desaparece completamente, la tensión es continua y tus ojos miran a todos lados buscando alguna amenaza.

Esto sería una primera descripción de la sensación al llegar, de la vida del Callao y es una descripción breve y vaga. El choque al llegar fue duro, te sientes realmente amenazada, insegura, desconcertada, no sabes por dónde moverte, ni cómo actuar. Sin embargo, conforme pasa el tiempo, poco a poco te vas adaptando. Los profesionales de la organización te hacen sentir segura desde el minuto uno, te acompañan a donde vayas y, en caso de que ellos no puedan, te ponen a niños de los centros como guardaespaldas. Y una vez has hecho del Callao tu zona de confort, dentro de las posibilidades, empiezas a fijarte en otras cosas más allá de la situación descrita.

De hecho, yo me fui a Perú con billete de vuelta a los dos meses y medio de llegar y lo cambié, porque me negaba a que la experiencia se acabase tan pronto. Estuve allí cuatro meses.


Mi trabajo como psicóloga en el Callao

Desde la organización me dieron total libertad y autonomía para desarrollar las actividades y programas que yo quisiera. Trabajé con todo tipo de poblaciones (adultos mayores, salud mental, madres solteras y menores). Aunque me centré mayoritariamente en el trabajo con mujeres y con niños y niñas.

COPRODELI tiene unos centros denominados C.A.E. (Centros de Atención Externa), donde se atiende a menores en situación es evaluación de su situación familiar, por lo que el trabajo que se realiza con ellos es fundamental y refuerza la base del nuevo Callao que se quiere conseguir. Con ellos jugué, reí, disfruté, trabajé sobre emociones, afecto y autoestima. Cuando tú entras a esos centros, los niños se te tiran encima, literal. Te abrazan, te cogen, te besan, reclaman tu atención, te preguntan por todo de ti y de España. Muchos de ellos presentan una gran falta de cariño, de amor, de afectividad, de refuerzo positivo, de atención, de valoración, de fortalecimiento de su autoestima. En algunas ocasiones, no porque sus madres, padres u otros cuidadores no les quieran, sino porque el concepto de crianza, allí, no incluye esa dimensión. Sus progenitores no suelen tener estrategias de crianza más allá de la violencia. El golpe y los gritos son la práctica más común.

Son las pequeñas personas más cariñosas que yo haya visto nunca. Te dan su amor incondicional, independientemente de si te conocen o no. Te dan su corazoncito a los segundos de verte. Se apegan a ti como si llevaran pegamento, porque te ven como una referencia de amor. Se encariñan contigo y tú con ellos. Te sonríen, te hacen reír, te preguntan todo, te persiguen para darte un abrazo, te saludan y se despiden todos los días, todos los días, con un beso. Sus abrazos son fuertes y acogedores, son de esos que duran más de tres segundos. Encuentran en el Centro y en ti un puerto seguro donde refugiarse. Responden a toda muestra de amor. Y reclaman toda muestra de amor. Ha sido increíble poder trabajar con todos ellos y ellas.

Por otro lado, el trabajo con mujeres lo realicé desde la terapia individual y desde varios grupos de empoderamiento. El objetivo que era imprescindible trabajar era la prevención de la violencia de género, así como intervenir en los casos ya existentes. Sin embargo, el trabajo fue muchísimo más allá. La acogida por parte de las mujeres de los talleres de empoderamiento fue especialmente emocionante. En ellos trabajamos los roles de género, las emociones, las expectativas de lo que es ser mujer, madre, esposa o hija; la autoestima, las relaciones familiares y de pareja y, sobre todo, el desarrollo feminista. Todo esto dio lugar a un gran crecimiento en las usuarias del programa, cualquier mejora en su calidad de vida y en la reclamación de sus derechos  -hasta el momento ignorados- era un avance que a mí me conmovía. Me emocionaba ver que tomaban sus vidas para eso, para hacerlas suyas realmente. De hecho llegamos a realizar un videoclip para la canción Antipatriarca de Ana Tijoux.

Lo que yo me he encontrado en Callao ha sido con mujeres fuertes, muy fuertes, muchísimo más de lo que ellas mismas se creen. Han conseguido sacar adelante no solo a ellas mismas, sino a su familia, sus hijos e hijas, sus parejas. Se han sacrificado para que todas las personas de su alrededor hayan avanzado profesionalmente, las han priorizado por encima de ellas mismas, porque es lo que han aprendido, a ser sacrificadas y dedicadas a los demás, a sentirse culpables por pensar en sí mismas y por hacer algo para ellas. Han sufrido todo tipo de violencias y las sufren día a día. Sus deseos y sus derechos han sido pisoteados, sus sueños rotos y sus habilidades ignoradas o infravaloradas. Sin embargo, tienen tanto potencial que cuando se les da un espacio para ellas mismas salen a relucir todos esos sueños que tímidamente te cuentan, todas esas habilidades y recursos que usan día a día y, sin embargo, no le dan importancia; todas esas ganas de mejorar, de aprender, de prosperar. Porque al fin y al cabo son ellas, las mujeres, las que gracias a todo lo que hacen, las que mueven el cambio y potencian a los demás.

Todo lo que ahora soy

Como uno se puede imaginar leyendo esto, a nivel profesional he crecido enormemente. He ampliado mis horizontes, porque he creado e implementado programas, talleres, actividades e intervenciones tanto grupales como individuales, todo desde una perspectiva de la Psicología Comunitaria. Pero sin duda al nivel al que más he ampliado mis horizontes ha sido a nivel personal. Es verdad que la sensación de inseguridad y de miedo es muy dura y es verdad también que te enfadas con el mundo, con el ser humano, por ver lo injusto que es que personas, especialmente niños y niñas, sufran la pobreza, la violencia y la eliminación de sus derechos por el simple hecho de haber nacido donde han na
cido. También esa frustración por cómo muchas veces cerramos los ojos ante realidades tan duras, simplemente porque a nosotros no nos tocan. Y cómo somos capaces de exigir tantas cosas materiales y preocuparnos por tantos problemas insignificantes. Pero también es verdad que mi fe en la fortaleza de las personas ha crecido mucho. He visto de primera mano la fuerza de la gente para salir de situaciones muy muy muy difíciles; salir adelante, crecer, prosperar, tener expectativas de cambio y conseguirlas, mejorar su estilo de vida y el de sus familias. Y no solo eso, sino que he tenido la gran suerte de conocer a gente que no solo ha dado un empujón a sus vidas, sino que además se quedan allí para conseguir que los demás también crean en sus propias fortalezas. He podido trabajar con personas de COPRODELI que son heroínas y héroes de los que no llevan capa. Además de compartir la experiencia y formar una familia con otros 7 voluntarios que fueron un gran apoyo para mi.

Noto que he crecido como persona, que he aprendido a valorar todo lo que tengo, a apreciar más el cariño que recibo y a extender más cariño y amabilidad, incluso con personas que no conozco; a preocuparme menos por cosas que no tienen sentido y a querer menos cosas materiales. Y sobre todo me ha reafirmado sobre mi profesión, sobre acompañar a las personas en un proceso de cambio y mejora como forma de trabajo. Sin duda alguna, aunque las mujeres, los niños y las niñas estén muy agradecidas por el trabajo que he podido realizar en COPRODELI, no son conscientes de que me han aportado más ellas a mí, que yo a ellas.

2 respuestas a «Perú»

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