Mes: mayo 2020

La (im)perfecta confinada

La (im)perfecta confinada

Día 56 de mi cuarentena.

Desde que empezó el encierro he llevado un diario, día a día. A veces he escrito dos líneas, a veces dos páginas. He pasado por una montaña rusa de emociones, a veces en cuestión de días o semanas, a veces en cuestión de horas.

En cuanto empezó todo esto, me puse un alista de libros por leer, de entradas que quería escribir en el blog desde hace tiempo, de cursos online que podía avanzar, de series y películas para ver, de manualidades para hacer, de platos para cocinar… Y ahora que está empezando la desecalada, que llevo casi dos meses yo-conmigo-conme reviso esa lista, y digamos que no hay casi nada tachado.

Lo único que he cumplido es la lista de cocinar, sí he hecho pan y bizcochos, y granola, y pollo al horno, y toritas en el desayuno, y pizza. Es algo que me encanta y me relaja, tanto preparar y cocinar, como comer, no lo vamos a negar. Pero todo lo demás, ha sido un fracaso absoluto. Los primeros días me invadió esa sensación de super productividad que veíamos en las redes sociales, y venga gente haciendo deporte, y venga directos de Instagram, y venga artículos nuevos, y venga cursos..

No he hecho deporte ni la mitad de los días, he rechazado conectar a algunas vídeo macro-llamadas porque no estaba en el mood, me he pegado días enteros metida en la cama, sin quitarme el pijama, acunando mi tristeza y me menstruación (la verdad que menstruar en cuarentena ha sido maravilloso).

He creado una lista de canciones tristes, y la he escuchado en bucle. He comido con ansiedad y me han jodido todos esos memes y mensajes en los que parece que lo peor que te puede pasar en esta cuarentena es engordar. He perdido trabajos, talleres, por esto.

Me he pasado horas bailando sola en casa, reencontrándome con mi cuerpo, me he dejado de depilar y no me he puesto sujetar, y me he sentido libro en mis 30 metros cuadrados de casa. Me he dado cuenta de que tenía unos balcones maravillosos que me han dado la vida.

He ido a trabajar y me he vuelto a casa con el nudo en el estómago por no poder recoger(nos) con un abrazo al final de cada dura sesión de terapia. Me he visto superada a tener que acompañar a persona que me expresaban lo mismo que estaba sintiendo yo. Y sin embargo, otras veces he sentido la satisfacción de ver que estabas pudiendo ayudar de alguna forma y sentirme competente de nuevo.

He necesitado abrazos, porque 56 días sin un solo momento de contacto físico, es complicado. He maldecido la decisión de vivir sola, y otras veces me he dado cuenta de lo bien que estoy yo sola conmigo y teniendo un espacio para mí, una habitación propia.

Ha salido el soy y he recargado pilas, y he hecho mil cosas esos días, y me he sentido en paz. Satisfecha conmigo misma, con lo que hago, con mi trabajo, con lo que soy, con el proceso que estoy llevando en los últimos meses. Me he maquillado y arreglado, me he visto guapísima, me he hecho fotos. He conocido a mis vecinos.

He tenido momentos de euforia máxima. He pensado en hacer mil planes cuando salgamos de estas, me he reido hasta llorar de la risa con amigas por video llamada. He empezado a plantear nuevas actividades, he visto miles de vídeos para aprender cosas nuevas, he avanzado los cursos, he leído libros que estaban en la lista de "to read"...

Ha llovido y he pensado en todas esas personas que no tienen la suerte que tengo yo. Que viven con sus maltratadores, que tienen que seguir trabajando en condiciones precarias y exponiéndose, que tienen que doblar o triplicar turnos en un hospital, que han perdido a familiares, que se han quedado sin trabajo… porque lo romántico de la cuarentena tiene que ver con la clase.

Me he cagado en todos los mensajes de “tienes que hacer…” para sobrevivir estos días. De todxs lxs coachs que han salido estos días debajo de las piedras, de esa sensación de que la cuarentena es una oportunidad maravillosa, que si quieres puedes, que todo es actitud. Haz. Produce. Lee. Ejercita. Crece. Mejora. He mandado mensajes de este tipo.

Ha empezado la desescalada y no me he lanzado a la calle. Estaba a gusto en mi casa, sin afrontar lo que pueda pasar ahora, la nueva realidad, las conversaciones que estaban pendientes, las decisiones que estaba paralizadas.

He apredido a lidiar con esta montaña rusa. He escuchado mi cuerpo y me he permitido lo que quería hacer en cada momento, sin juzgarme, sin obligarme a nada, sin reprocharme todo lo que su supondría que tendría que estar haciendo. Centrándome en el ahora. En el día a día. He sido lo que se suponía que es la perfecta confinada, y a veces, todo lo contrario, la imperfecta.

Día 56: he sobrevivido, por el momento.