Mes: marzo 2020

Tiempos de crisis y psicología de voluntariado

Tiempos de crisis y psicología de voluntariado

No cabe ni que decir que estamos viviendo una situación de crisis. Nueva, anómala, desconocida e incierta. Todes lo estamos viviendo en nuestras propias carnes y estamos sintiendo, en mayor o menor medida, un impacto en nuestro bienestar. Lejos de nuestros seres queridos, el miedo y la desesperanza, la incertidumbre y el estrés, los nervios y la (des)información, los pensamientos catastróficos y los sentimientos agobiantes se apoderan de nosotres.

Les enfermos infectados por coronavirus, las personas confinadas en casa con problemas de salud mental, las criaturas, las personas sin hogar o en situaciones altamente vulnerables, las mujeres y menores víctimas de violencia doméstica y de género, les trabajadores de limpieza, servicios de cuidados y servicios de alimentación, les que están cubriendo servicios mínimos, les profesionales del sistema sanitario, muestran en el día a día el desgaste emocional llevado al máximo exponente.

En momentos así, entra en juego la salud mental y el bienestar psicológico. Se hace patente lo importante que es tener un acompañamiento emocional, en muchos casos, incluso a nivel profesional. Queda al descubierto la necesidad de que la sanidad vaya más allá del amparo a un nivel físico y cubra una atención psicológica. Se observan e intuyen trastornos de ansiedad, pánico, depresión, adaptativos, de estrés post-traumático, en un simple vistazo. Y es en este marco, cuando se hace un llamamiento generalizado a los profesionales de la psicología.

Se crean listas de atención telefónica en distintos ámbitos. Nos apuntamos, de cabeza, por esa sensación de “juntxs vamos a salir de esto” y de “voy a intentar ayudar y apoyar desde casa, ese esfuerzo que muches están haciendo en el terreno”. Se hace una llamada al cuidado, y te sale, a mí por lo menos, tu cuidadora inconsciente, como mujer, como psicóloga y como trabajadora del medio social.

Listas y listas a las que nos anexamos profesionales que ya estamos gestionando nuestro trabajo de por sí. Por ejemplo, yo sigo atendiendo por teléfono a lxs usuarixs de mi puesto de trabajo, atendiendo problemas de ansiedad, reexperimentaciones traumáticas, situaciones de estrés..., y cubriendo los servicios de emergencia de la entidad. Pero aun así, me apunto. Aunque yo tenga que gestionar mi trabajo, mis propias emociones, el estar lejos de lxs míxs, mi propio encierro y el de mis personas queridas, la cancelación de actividades que no sé si volveré a recuperar… Aunque tenga que gestionar mis mil movidas y mi propio proceso, me apunto. Pero todo parecía okay.

Hasta ayer, que me llegó un llamamiento para psicólogxs, en el que se pide que acudamos de manera voluntaria a la UCI a apoyar a pacientes con diagnóstico de COVID-19 y al profesional que está trabajando allí sin descanso, y por tanto, superado, saturado y quemado. El mismo llamamiento que ha hecho uno a uno todos los COPs (Colegio Oficial de Psicología) de las diferentes regiones de España.

Todo guay, todo bien, todo bueno rollo. Genial. Todo sea por la empatía, la cooperación y el arrimar el hombro.

Pero de repente, me subió un calor desde las entrañas, y solté en pleno grupo familiar repleto de doctores ¿por qué coño tenemos que ser siempre les psicólogxs los más p*** pringadxs? ¿por qué tenemos que ser siempre lxs profesionales menos valoradxs en el día a día, pero los que parecemos indispensables cuando todo el mundo está saturado en tiempo de crisis? ¿por qué tenemos que ser los primeros a los que se recurre para trabajar gratis? Sí, gratis. No nos engañemos con eso de la buena fe y el voluntariado, porque hay que llamarlo por su nombre. Trabajo gratis.

No veo movimientos, pots o stories de Instagram en los que se pida al profesional sanitario que vaya a trabajar gratis a los hospitales. Los órganos públicos de sanidad se están movilizando para reclutar a gente, para mover las bolsas de salud, para llamar a recién graduados, incluso plateándose reincorporar a los que se acaban de jubilar. Pero no veo que lo estén pidiendo gratis. No.

Recuerdo que los psicólogos también somos profesional sanitario, también estamos y deberíamos de estar en mayor medida en los centro médicos, en los hospitales, en urgencias y en cuidados intensivos. Esto debería hacer que nos replanteáramos el valor que le damos a la salud mental, y por ende a sus profesionales.

Trabajar como psicóloga de emergencias y catástrofes no es presentarte allí, ayudar, dar dos palmaditas, escuchar y aliviar las cosas. No. Conlleva un desgaste emocional para el propio profesional, un esfuerzo, una formación, un poner el cuerpo. Si no estamos pidiendo a lxs médicos, lxs enfermerxs, lxs auxiliares…, que están poniendo el alma en esta situación, que trabajen gratis ¿por qué tendrían que hacerlo lxs psicólogxs? Es decir, para ayudar a otrxs, estamos pidiendo que llegue una tercera persona que, gratuitamente, les acompañe en este proceso, y se cargue con todo, así, sin más, por simple altruismo.

Tampoco me parece justo que se recurra a los profesionales de la psicología cuando hay una crisis, pero no se aumenten las plazas de PIR o plazas de atención en crisis y emergencias. Me parece maravilloso que se creen servicios de atención gratuita, lo cual permita ofrecer cuidados a las personas que no se lo puedan permitir, pero no comparto que los profesionales no cobren ni un duro. O que usen estos servicios personas que sí se pueden permitir pagar un psicólogx.

Proponer atención psicológica a base de voluntariado es un arma de doble filo. Por un lado, hace patente lo poco valorada que está la profesionalidad de esta tarea, "porque total, que lo haga un voluntario". Y por otro lado, abre la puerta a prácticas poco profesionales, quiero decir, no todxs lxs psicólogxs estamos preparados para atender en crisis, y por tanto, inscribirte a una lista de voluntarixs no te da las herramientas para hacerlo. La especialidad en asistencia en crisis, catástrofes y emergencias existe por algo: para garantizar que las personas atendidas puedan recibir un servicio de calidad, y que las personas que atienden se sientan con la soltura para hacerlo cómodamente. No se debería de tirar de una lista de voluntarixs.

Lxs psicólogxs sabemos mucho de esto, del uso del voluntariado en nuestros puestos de trabajo. ¿Por qué? Porque nuestro trabajo no se valora; porque es un trabajo que se puede hacer en la mesa de un bar; porque para ir al psicólogo ya le cuento los problemas a mi amiga; porque como eres activista, lo podrías hacer gratis ¿no?; porque te pregunto por las redes sociales (o en blablacar) y te cuento mi vida y quiero una solución rápida y en el momento. Porque como te mueves en el ámbito social, mejor nos sustentamos en voluntarixs en vez de buscar a un profesional, que sale más rentable.

Sí, lxs psicólogxs sabemos de todas las barreras sociales que hay para valorar la profesión, y esta mentalidad está cambiando, pero lo que no me parece ni medio aceptable es que desde los propios compañerxs sanitarios o desde el mismo COP no se valore la propia profesión y se pida que trabajamos gratis o que el trabajo de acompañamiento psicológico se haga a base de voluntariado.

Hay que arrimar el hombro, sí. Hay que colaborar, ayudar y cooperar, sí. Pero si algo está resaltando esta crisis es la importancia de los cuidados. Del sistema sanitario. De la interdependencia del ser humano y de la necesidad que tenemos les unes de les otres. Y yendo más allá, la importancia de cuidar los cuidados y a las personas que cuidan.

Dentro del autocuidado, y el cuidado a las personas que cuidan, también entra el exigir profesionalidad y remunerarla como tal.

Sola, borracha, quiero llegar a casa

Sola, borracha, quiero llegar a casa

Llega la cuenta atrás para el 8M y este año se ha resaltado el lema tan gritado en las manifestaciones feministas y de apoyo a víctimas de agresiones sexuales “Sola, borracha, quiero llegar a casa”.

Me encanta. Sin duda es una de las reivindicaciones actuales más señaladas y necesarias del movimiento feminista: las agresiones sexuales y la culpabilidad de las mismas.

Esto me hace recordar muchas cosas. En primer lugar recuerdo cuando estaba en la ESO (creo que tercero) y vino una psicóloga que trabajaba con víctimas/supervivientes de agresiones sexuales a hablarnos sobre la violación. En mi memoria no tengo todo lo que nos dijo. Lo que sí quedó perfectamente es que nos comentó que mi barrio, el Actur, era donde el índice de violaciones era mayor de toda Zaragoza. También recuerdo que nos dio consejos para prevenir una violación. PARA PREVENIR.

Después de esta charla entró la paranoia en mi casa. Yo estaba en época de empezar a salir con mis amigas y cada vez que lo hacía tenía que realizar todo un ritual en el camino de vuelta a casa.

Llegar acompañada lo máximo posible. Si por lo que fuera, no salía con las amigas que vivían dos portales más abajo de mi calle, iba hablando por teléfono con mi padre o mi madre durante el camino. Cuando estaba de camino para casa, tenía que hacer una perdida. Doblaba la esquina, y ahí estaba, mi padre o mi madre asomados al balcón. Yo tenía que saludar en la distancia para que cualquier posible agresor viera que yo estaba vigilada. Empezaba a sacar las llaves. Cuando me acercaba al portal, tenía que llamar al timbre, aunque llevase las llaves en la mano, porque nos habían explicado que “pueden cogerte en el mismo portal y para que tu familia sospeche que estás tardando mucho en subir”. Y ya subía a mi casa. Y todes respirábamos tranquilamente porque había llegado a casa sana y salva.

Recuerdo esto muy nítidamente. Recuerdo que mi padre me iba a buscar a los sitios donde salía de fiesta para que no tuviera que volverme a casa sola de madrugada.

Recuerdo taxistas diciéndome “tranquila, espero a que entres en el portal” o pedírselo yo misma.

Recuerdo acelerar el paso en cuanto me separaba de mis amigas porque cada una se iba hacia su casa.

Recuerdo decir entre mis amigas “avisa cuando llegues a casa” y un whatsapp de “¿pero has llegado ya?”. O que mis amigos me lo pidieran a mí, pero yo no a ellos.

Recuerdo miedo cuando veía a alguien venir de frente por la calle. O cuando escuchabas a alguien caminado detrás. También recuerdo sentir alivio al darme cuenta de que ese alguien era una chica.

Recuerdo cruzar una esquina y encontrarme con algún grupo de chicos y que me dijeran cualquier cosa. Escalofrío. O sentir miedo sin que llegaran a decir nada.

Recuerdo ir andando por la calle y que un coche redujera la velocidad, bajase la ventanilla y un tío me dijera “¿a dónde vas tan solita?”.

Recuerdo ese “no dejes la copa nunca” y el “no bebas del vaso de otra persona”. Recuerdo estar súper pendiente de mi bebida en la discoteca e historias de amigas que han visto como les echaban algo en la copa.

Recuerdo salir de fiesta con una amiga. Irnos de la discoteca camino a casa y que dos chicos nos acompañaran haciendo la broma. Continuar de risas (manteniendo la distancia y sin acercar posiciones) y ellos querer subir a casa con nosotras. Decirles que no. Insistir. Decir que no. Intentar entrar. Decir que no. Y finalmente, por suerte, irse.

Recuerdo estar de fiesta con alguna amiga que iba borracha y que se le acercarse un chaval interesado porque iba tan ebria que lo veía un blanco fácil.

Recuerdo estar en un bar, discoteca, autobús, en la calle, y que me tocaran el culo.

Recuerdo tener diez años e ir de camino al colegio con mis amigas y ver a un hombre masturbándose mientras nos miraba.

Recuerdo, recuerdo, recuerdo.

Pero no son solo recuerdos, no son cosas del pasado. Pero no son solo recuerdos míos, sino historias colectivas de todas las mujeres. De hecho, ayer subí una historia preguntando estrategias que seguimos cuando vamos solas de noche, y situaciones de agresiones o miedo que hemos vivido, y hubo muchísimas respuestas. Respuestas repetidas y similares.

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El miedo, real o subjetivo, está ahí. El miedo se nos ha inculcado desde el mismo momento en el que nos dan una charla en el instituto sobre cómo nosotras podemos evitar una violación. En el momento en que mi familia se híper preocupa cada vez que salgo de fiesta y miedo no existe cuando los hijos son varones.

Miedo imaginario porque te lo meten en la mente desde que naces con vulva y lo sientes aunque no haya una amenaza aparente. Miedo real porque efectivamente ha habido chicos que me han seguido, me han agredido en sitios públicos o me han acosado verbalmente por la calle.

Detrás de ese whatsapp de “¿llegaste a casa?”, está un miedo implícito a que algún día no llegues. Es un miedo inculcado desde la sociedad, la cultura y la familia, porque se da por hecho que en cualquier momento puedes ser una víctima más. Porque eres mujer. Ellos también tienen miedo, y pueden tenerlo a que les roben, a que les agredan, a que les peguen, pero nunca van a tener miedo a que una mujer les siga y les viole, o les agreda sexualmente. Es otro tipo de miedo, es un miedo añadido por ser mujer.

Esta violencia, ese no llegar, no va a ser responsabilidad de tu comportamiento, sino del comportamiento del agresor. El problema no está en que las mujeres vayamos solas por la calle de noche, que llevemos falda corta o escote, que vengamos de fiesta o de la biblioteca, que estemos borrachas o sobrias. El problema está en que el agresor se cree con la libertad de poder ejercer violencia sobre una mujer.

No es cuestión de dejar atrás todas esas estrategias de autocuidado y de protección entre hermanas. No es cuestión de “yo voy sola, no pasa nada, tiro pa’lante porque no debería de tener miedo porque es una mierda tener miedo y no es justo y soy una mujer valiente y blablablá” (yo he pasado por eso). Es cuestión de que se entienda, desde la sociedad y desde la masculinidad, que el acoso callejero no es una broma, y que la violencia sexual, es eso, violencia.

Borrachas y sobrias. Solas y acompañadas. Con un traje de buzo o desnudas. Tenemos que llegar a casa.

No es cuestión de ser valientes. Es cuestión de ser libres.